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Ruta por La Alpujarra

Escrito el 26 septiembre , 2000 por Ningún Comentario

Sobran las palabras para escribir de La Alpujarra y falta tiempo para empaparse de la belleza y la cultura que emana su territorio. Aún así, le ofrecemos que se escape 48 horas y visite este rincón de Granada.
Cuarenta y ocho horas. Casi todas a caballo. Si se queda con ganas de más puede pasar una semana entera por una de las sierras más bellas de la Península. Es la Alpujarra que, descubierta sobre los lomos de un caballo, adquiere una nueva dimensión capaz de cautivar a cualquiera. La emoción empieza a sentirse desde el primer momento, desde que accede por una pequeña carretera que ha sido construida casi contra la naturaleza, en medio de las enormes montañas que le harán sentirse infinitamente pequeño. Poco a poco encontrará pequeños pueblos blancos granadinos, pueblos con encanto que van formando un sendero que asciende con sus casas casi colgadas del cielo.

Centramos nuestra atención en tres: Pampaneira, Bubión y Capileira. Son los últimos de la carretera y los más altos de nuestra particular escalada hacia la montaña. Corona todo el espectáculo visual el Mulhacén. Con sus 3.482 metros de altura, es el pico más alto de la Península Ibérica y el segundo de toda España, después del Teide, en Tenerife.

Primeras 24 horas
Amanece con un velo en Bubión. Los caballos esperan ya en las cuadras de Dallas Love, situadas entre Bubión y Capileira, en el Barranco de Alhuasta. Sorprende, como primer dato, ver cómo los caballos pasean libres por las cuadras; esperan pacientes que les coloquen las cabezadas y las monturas. Unas monturas, por cierto, que son verdaderas reliquias. Algunas, por ejemplo, fueron utilizadas por el ejército inglés en las múltiples campañas militares en las que participó en este siglo.

Empezamos la marcha pasadas las nueve de la mañana. Subimos por caminos que hacen presagiar lo que más tarde encontraremos: un espectáculo natural que combina los pinos con las plantas y los árboles centenarios. Encontramos endemismos botánicos como los piornos. Hay 52 especies autóctonas de Sierra Nevada que, sobre todo, crecen en las cumbres de las montañas. Es un verdadero placer descubrir esta naturaleza tan virgen. Es salvaje, a veces inaccesible, tentadora y, sobre todo, excitante. La naturaleza quiso crear aquí un mundo perfecto y el hombre se ha encargado de recibir el legado y mimarlo.

Seguimos nuestro sendero sinuoso. La altura que vamos adquiriendo permite contemplar uno de los espectáculos más bellos que esta naturaleza privilegiada de la Alpujarra es capaz de ofrecer al viajero: la sensación de que existen dos cielos. Uno casi puede tocarse; el otro, impoluto se mantiene donde siempre estuvo.

Da miedo pasear por esos perfiles, estrechos caminos, que ha dejado la montaña a los hombres. Y los caballos se convierten en sus nuevos conquistadores. En estricta fila un animal sigue a otro. Y así hasta el último. También da miedo mirar hacia abajo. Es preferible hacerlo hacia arriba para no dejarse atrapar por el enorme vértigo que produce empezar a pasar de la simbólica barrera de los mil metros de altura. Cuenta Dallas y lo corrobora Julio, que el caballo de un político andaluz estuvo a punto de perder el equilibrio. La inteligencia del animal le hizo reaccionar antes de lamentar un accidente.

Este tramo de la ruta desemboca en una bella pradera que los rayos del sol han descolorido. Pese a todo consigue transmitir un mensaje oculto de libertad. Paramos. El mirador natural que han formado las rocas invita a los jinetes a robar al viento una bocanada de aire fresco que incluso puede extrañar a los pulmones más aquejados por los humos urbanos. Cuentan que los zorros, los jabalíes y las cabrás montesas se han apoderado de estos rincones. Son su hábitat natural. Aquí llegó a haber superpoblación de cabras. Llegaron a matar a 5.000 dentro de un plan de saneamiento para impedir que contrajeran una sarna mortal. En Sierra Morena, el 95% de las cabras murieron y se utilizaron las de la Alpujarra para repoblar la sierra cordobesa.

Dura poco el descanso y menos aún esa sensación de libertad llevada a sus últimas consecuencias. Retomamos el camino y a lo lejos divisamos uno de los pocos cortijos que siguen habitados. Un pastor vive allí con su familia durante los meses de verano. Tiene más de trescientas ovejas que, como él dice, “no dan para hacerse ricos, pero sí para vivir”. Y lo hace con verdadera dignidad. Su mujer lava a mano la ropa y los cacharros de la cocina. El lavavajillas es, sin duda, un privilegio que para ella no es imprescindible.

Y desde ahí empezamos a ver más de cerca el Mulhacén y el Veleta. En las faldas del primero, con un pequeño arroyo que sirve a los jinetes para lavarse las manos, Dallas prepara la comida. Pan, queso, chorizo, tomate, jamón… y vino para calentar el aliento de los viajeros.
Después de comer se produce la bajada escalonada: desde el Cortijo de Posteruelo hasta el del Peñón y de ahí descendemos por la Loma de Piedra Blanca.

Dallas pide a los jinetes que liberen a los caballos de su peso para afrontar las bajadas. Son duras, empinadas y pedregosas. En esa dirección continuamos hasta llegar a la zona del Hazal del Cerezo. El último tramo, antes de alcanzar las cuadras, permite al jinete quedarse con una postal de desmesurado encanto: Capileira atardece coronada por un sol que se funde con las nubes.

Segunda jornada
La segunda jornada de nuestra visita a caballo a la Alpujarra transcurre entre una naturaleza comparable a cualquiera del norte de España. Es el rico contraste que caracteriza a toda la comarca. Los caminos son más amplios y a sus lados hay enormes árboles (castaños, pinos y frutales) que crecen con fuerza gracias a los ríos que transcurren por la zona. Y es que aquí vivieron los árabes en los siglos de la Conquista y se ocuparon, sobre todo, de perfeccionar los sistemas de regadío que ya construyeron los romanos. Como dijo el escritor Antonio Gala, en la Alpujarra “todo va sin camino menos el agua” que “corre excesiva a su quehacer”.

Excesiva también es la flora, los árboles ni siquiera han dejado un hueco a los caminos. Hay que descender hasta Pórtugos con el caballo en la mano, en un bonito gesto del jinete que ayuda a su montura a pisar en firme entre las piedras.

Una vez en Pórtugos tendrá la sensación de entrar en un mundo de una milenaria tradición cultural. No en vano, la herencia de los árabes se deja sentir en cada rincón del pueblo. Ellos dejaron una cultura rural mucho más avanzada que cualquiera otra en la misma época y el paso de los siglos sólo ha servido para recomponer la historia y modernizar sus estructuras internas. Por lo demás, los pueblos han querido mantener la riqueza de su pasado.

A caballo por estos pueblos blancos, el jinete puede sentirse un conquistador saludado a su paso por los lugareños que dan le dan la bienvenida.

En este segundo día descubrimos la riqueza agraria de la zona. Atravesamos cultivos de pimientos, moreras y pequeñas tierras destinadas a las viñas. A todo ello se suman los castaños y los nogales, verdaderos testigos de la historia de estas latitudes.

Toda la comarca permite al viajero sumergirse en otro tiempo donde, en los días claros, se conjuga la grandeza de su geografía: se puede ver el mar y las cumbres nevadas. La arquitectura blanca, a la que hemos hecho referencia anteriormente, es una herencia mediterránea que se ha mantenido a través de los siglos. Le dejará un recuerdo que quedará para siempre en su memoria.

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Galicia íntima, a caballo

Escrito el 19 agosto , 2000 por 1 Comentario

Dentro de Galicia hay un mundo entero. Una tierra de leyendas y realidades que cada año le echa un pulso al turismo. Las Rías Baixas son el eterno destino del sol del norte, que queremos descubrir a caballo.
A caballo, las playas parecen más salvajes y los bosques más inaccesibles. La tierra querida de Rosalía o de Cunqueiro es un territorio conquistado mil veces por los turistas. Pero quizá nunca haya puesto su bandera sobre los lomos de un caballo.

La ruta que le ofrecemos parte desde Revel, en el corazón de la privilegiada comarca de O Salnés. Toda esta zona, bautizada de lluvia en invierno, recibe la comunión del sol cuando llegan los meses de verano. El caballo se ha convertido en un medio de vida y en un atractivo turístico.

Queremos galopar por la playa de La Lanzada. Es un propósito soñado que nos permitirá, además, transitar por los sinuosos caminos que recorren este rincón costero y descubrir bellos pueblos, casi despoblados, en los que el turista es recibido con una mezcla de desconfianza y agrado. El gallego es muy suyo. Muy dueño de su tierra. El turista es siempre una sorpresa, un nuevo elemento de la economía local aceptado a regañadientes en esta Galicia profunda en la que penetramos a caballo.

Pueblos y cultivos
La población gallega es una de las más dispersas de España. Su densidad, más de noventa habitantes por kilómetros cuadrado, está por encima de la media española, pero muy por debajo de la comunitaria. La comparación con la Unión Europea es una obligación que a Galicia le incomoda. Sobre todo porque le impone cuotas a su producción. Es un dardo en el corazón de la tierra de la que siguen viviendo muchas familias. A principios del siglo XX, el noventa por ciento de los gallegos se dedicaba a las tareas del campo. Hoy el porcentaje no es comparable, pero sigue siendo la Comunidad Autónoma con más explotaciones agrícolas de toda España. Claro que, los señores de los informes se encargan de poner un número a los miles de campesinos que sobran; o sea, que deberían dedicarse a otro tema porque la tierra, compartida con toda Europa, no da más de sí.

Atravesamos esas tierras de cultivo en Noalla, donde brotan las patatas, los pimientos, las cebollas, los ajos y los grelos. La comarca de O Salnés es la madre del vino Albariño, un orgullo de los lugareños que exhiben sus vides en la pequeña extensión de tierra que quizá heredaron o que fueron comprando, metro a metro, a los vecinos.

El sol calienta y el olor de los huertos invade el ambiente. Los caballos resoplan y aguantan el tirón del camino empedrado. Muchos de los senderos que atravesamos son patrimonio exclusivo de los que van a pie o a caballo. Conducen a las humildes casas de los pescadores y los campesinos que viven en Candelaria. Los pazos de la aldea comparten su grandeza arquitectónica, de marcado carácter popular, con las capillas y los misteriosos monasterios. El pazo es el término que utilizan los gallegos para referirse a los palacios que habitaban los señores. Con el tiempo, emigraron a las grandes ciudades y muchos de ellos quedaron casi en ruinas. Ahora se han convertido en otro reclamo del turista. Su visita se incluye en las rutas como esta, que le permitirá pasar por delante de sus fachadas principales.

Galopando por La Lanzada
Quemamos kilómetros al trote y al galope. El ritmo de la ruta es bas tante ligero. Los caballos están preparados para soportarlo. A lo lejos, desde el otro lado de la carretera, el mar ya es una realidad. La “finis terrae” que inquietaba a los antiguos es también un regalo para el jinete. No se ve nada más que mar y horizonte.

El mar es, para los gallegos, un camino que transitan con sus barcos en busca del sustento diario con el que mantener a la familia. En su día, Galicia tuvo una de las flotas más activas del mundo y sus puertos figuraron entre los más importantes de España. Pero el mar es también es una puerta al mundo por la que salieron miles de gallegos que emigraron a hacer las américas.

Entramos en la playa de La Lanzada soportando las ansias del animal, que se siente casi tan libre como el jinete. Ajustamos las riendas e iniciamos un galope contenido que va ganado velocidad poco a poco. Los caballos se apartan de la orilla. Les pesa el agua de las olas que empapa la cara al jinete.

Alguien sugiere una carrera hasta las primeras rocas que se ven a lo lejos. Azuzamos al animal, apretamos las piernas, contenemos la respiración y galopamos… Es la mejor terapia contra el síndrome de la ciudad que nos embrutece y un antídoto perfecto para recuperarse de la rutina. Recorremos galopando este pellizco de litoral recortado por la propia naturaleza, que se encaprichó con los acantilados rocosos y bravos como el mismo mar.

La primera leyenda
Nuestro próximo destino es la Isla del Médico, un pequeño islote donde paramos a descansar. Tiene una misteriosa cueva donde cualquiera puede esconderse y disfrutar del eco del mar. Cuenta la leyenda que cerca de esta isla, flotando en el agua, apareció la Virgen de Nuestra Señora de La Lanzada. Alguien profanó su figura y dejó el sello de su pecado en forma de hachazo cobarde.

La ermita está situada a pocos metros. Subimos con los caballos y volvemos a hacer una parada para contemplar la Playa de las Nueve Olas. Dicen que las mujeres estériles acudían a esta playa y se dejaban bañar por nueve olas antes de consumar el acto sexual con su pareja. El agua les devolvía la deseada fertilidad. En la víspera de San Juan, la romería se celebra en este mismo escenario “para pedir marido la solteras e hijos las casadas”. Esta, como muchas otras leyendas, forma parte del encanto oculto de Galicia.

Reanudamos nuestra marcha dispuestos a descubrir otro aspecto bien distinto: el prolijo tapiz vegetal que se abre ante los ojos del turista en el Monte de Faro. Está plagado de carballos (robles), pinos, eucaliptos y mimosas. En los jardines, crecen las cañas de bambú y las palmeras. Y en el cielo, a baja altura, cortan el aire los aguiluchos y los raposos. Los conejos que se han librado de la caza se esconden al paso de los caballos.

Llegamos a O Altín, donde se alza la parroquia del pueblo desde la que se divisa el resto de la comarca. Descendemos en dirección a la ermita de San Tomé, donde se conjuga la modernidad con la tradición de la fachada de piedra. El párroco ha instalado unos altavoces para que los perezosos no se pierdan las homilías las mañanas de domingo. A pocos kilómetros está Revel, nuestro punto de partida y nuestra meta después de recorrer veinte kilómetros por las agrestes tierras gallegas. Esta ruta no sólo le permitirá placeres como las galopadas por la playa: le servirá para empaparse de toda la cultura rural de Galicia.

Vino Albariño, seña de identidad
Para los gallegos, el vino Albariño es algo más que un vino: es una forma de vida. Vivir por y para él se ha convertido en un privilegio, en un lujo. El Valle del Salnés, al que nos hemos acercado a caballo, está plagado de viñedos y pinares salpicados por ríos, arroyos y pazos. Aquí crecen las uvas que, posteriormente, se convertirán en el delicioso Albariño. Un vino al que su propio despertar le ha impresionado. Aletargado durante siglos, ya se ha puesto a la altura de otros vinos que cuentan con extensas plantaciones y legendarias bodegas. Ahora compite en el mercado con toda su excelencia y delicadeza. La capital del Albariño es Cambados, donde se alza el Palacio de Fefiñanes que da nombre a una de las marcas. En los últimos años de la década de los sesenta y principios de los setenta, el Marqués de Figueroa empezó una larga tarea de promoción de su bebida: el Albariño de Fefiñanes. Con el tiempo se ha convertido en una joya de la comarca y de toda España.

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Un paseo por la catedral de la naturaleza

Escrito el 3 julio , 2000 por Ningún Comentario

Entre Castro Urdiales y Laredo. Vecino de Colindres y Guriezo. El Valle de Liendo entabla un diálogo entre el desarrollo y la tradición; entre el gusto exquisito de los pueblos del norte y la herencia del turista que vuelve una vez al año. Los montes, las laderas y los paisajes encantados forman el corazón del valle. Le ofrecemos descubrirlo a caballo.
Entramos en el Valle de Liendo por la carretera de Santander que lleva a Laredo o a Bilbao; en la misma puerta con el mar Cantábrico que se exhibe ante los ojos del turista de secano. En el norte de España, el caballo es protagonista de excepción de la riqueza de la tierra. Aguanta el frío de la montaña y la brisa de la costa que recorre Cantabria. Algo habrá heredado el caballo del carácter de su pueblo: duro, rebelde, indómito, según la tradición. No en vano, hasta el Emperador Julio César en su conquista de la Hispania se fijó en el cántabro agreste que soportaba la lucha con insuperable dignidad guerrera.

Nuestro destino es Manás de la Hoz, una explotación familiar que lleva más de 25 años dedicada a la cría selecta de caballos que recorren la finca de más de 60 hectáreas de prados naturales. Su situación privilegiada permite disfrutar de maravillosas rutas que transcurren entre bosques y caminos que llegan hasta la playa.

La ruta que les vamos a ofrecer es conocida en Manás de la Hoz como la de las antenas porque llega, precisamente, hasta el Alto de las Antenas, en el límite de Liendo con Limpias.

Una visión rural

La ruta en el valle de Liendo es, sobre todo, un regalo con forma de paisaje. Liendo es una aldea rural. Empieza a despertarse de su letargo agrícola y ganadero y encuentra su sitio en la conversión hacia el desarrollo. Salimos de las cuadras de Manás de la Hoz y nos encontramos con el primer testimonio que nos muestra las raíces del pueblo: un hombre con un carro cargado de hierba y tirado por un caballo. Dentro de no mucho tiempo ese hombre anónimo cambiará su carro y su caballo por una segadora.

Tradicionalmente el valle de Liendo fue la residencia veraniega de mucha gente de Bilbao, Santander e incluso de Madrid. Y es que su valor paisajístico, sus espectaculares acantilados y la arquitectura popular, señorial y refinada, hicieron de este enclave cántabro un lugar idóneo para el descanso.

Nuestro camino en dirección a Seña tiene un objetivo: buscar el mar con la mirada. Recrear las cansadas pupilas del jinete turista en el horizonte abierto y limpio de la franja costera delimitada por Castro Urdiales y Laredo.

Una parte de este primer tramo transcurre por una carretera poco transitada que desemboca en una zona plagada de eucaliptos, especie que se ha utilizado para reploblar amplias extensiones de bosque.

Perfiles

Llegamos a Seña. Es una aldea típica de montaña en la que los niños corren por las calles y comparten la patria de su libertad con los animales que vagabundean por los caminos. A caballo puede visitar por fuera la ermita que está enclavada en el núcleo central del pueblo. Seña tiene poco más de 150 habitantes. Esta escasa población la convierte en un lugar escondido en la montaña. Los lugareños son cómplices de la distancia que separa su pueblo de las grandes ciudades, pero no reina la soledad.

Seña es un canto a la naturaleza, compañera de todos los que, de paso, o de forma permanente disfrutan de sus encantos. Tiene el carácter bravo del mar Cantábrico que se puede admirar desde sus límites. Es una de aquellas localidades con derecho de horca y cuchillo donde se ajusticiaba a las deshonestas y a los que no cumplían la ley.

Es un placer llegar a Seña donde se cumple el objetivo del peregrino a caballo: ver Ladero, su mar rebelde y misterioso. La bruma del día pálido y nostálgico ciega nuestras esperanzas de ver la costa del oeste. A la derecha, la bahía con su forma enamorada; a la izquierda la ría de Asón y enfrente Santoña. Un canto a la geografía de nuestro norte español. Los caballos sienten que el acantilado que lleva al mar es el límite de la tierra, sugerente y lleno de historia.

El mar ha sido y es una fuente de ingresos para los cántabros. De hecho, Limpias localidad a la que pertenece Seña y que será nuestro próximo destino tuvo una intensa actividad portuaria hasta el siglo XIX y la convirtió en una zona muy próspera.

Limpias

Proseguimos nuestra ruta en contacto con la naturaleza. Los paisajes son accidentados, los bosques tupidos con encinas y hayas. Transitamos por caminos accesibles, repoblados de eucaliptos que dejan entrar los rayos del sol e iluminan las miradas de los caballos. Son todos árabes de fuerte carácter, incapaces de cansarse. No conocen el agotamiento, salvo momentos extremos en los que el camino se hace duro y cuesta arriba. Pero aguantan la subida. Nuestra próxima meta es el Alto de las Antenas.

Llegamos ansiosos, deseosos de parar a contemplar el paisaje que, a 500 metros de altura, es un óleo de verdes, rojos y amarillos enmarcado en un azul tenue. Parece el mundo al revés. Los destellos del mar llegan ahora desde el cielo que conserva intacta su pureza. Tierra de mil colores, de viejos caminos transitados por caballos, pedregosos y estrechos algunos; amplios y evocadores otros… invitan a galopar y a saltar los arroyos que pasan bullendo y entonando la música de su propio eco.

En el Alto de las Antenas hacemos una parada. No hay nada más apacible, ni más conciliador que respirar el aire de la montaña. Las ovejas pastan rico forraje que crece con fuerza en este manto de vida. Los árboles sin hojas son una recreación del escenario. Si fuera de noche y el reflejo de la luna se posara en sus ramas toscas, daría miedo. Los caballos se excitan, algunos se retuercen y resoplan y afilan sus orejas y fijan su mirada en el mismo horizonte que hace soñar. Y es que así, así como los jinetes ven el valle, así nos debe ver Dios desde las alturas de su reino.

El tiempo apremia: sólo concedemos media hora a la imaginación. Hay que volver bordeando los lindes de la yeguada de Manás de la Hoz donde las madres yeguas reposan con su potrillo en las entrañas. Los sementales son los serenos de estas tierras. Altivos y elegantes, guardan su morada.

La bajada se produce casi en silencio. Como si no quisiéramos volver. Todos los que compartimos las misma experiencia deseamos parar el tiempo y permanecer toda la vida aquí, en el valle de Liendo. A cualquiera le quedarán ganas de volver. Siempre hay un rincón, un molino, un camino agrietado por el balanceo del paso de los años, un trozo de historia, la campana de una iglesia, la mirada de un agricultor que va a más con su nueva maquinaria… siemre habrá algo nuevo que descubrir en este perfil cantábrico del mapa de nuestra España.

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El placer de los sentidos

Escrito el 14 junio , 2000 por Ningún Comentario

El placer es como la felicidad, se deja sentir unos minutos y se dispersa. O como la arena fina de la playa que se detiene en la mano y se pierde para siempre. Con esta ruta por la Sierra Morena de Córdoba queremos ofrecerles un placer continuado, que se deja sentir mientras dura la travesía: es el placer de los sentidos
La Sierra Morena de Córdoba es, en sí misma, el paraíso de los sentidos. Los bandoleros del siglo XVIII elegían esta serranía para esconderse, cuando ealizaban fechorías en la urbe. A caballo, se convertirá en uno de aquellos personajes asilvestrados, en consonancia con la naturaleza.

Partimos de “El Refugio”, una finca de inigualable belleza, que le fascinará por su cortijo del siglo XIX que mantiene intacto el típico patio cordobés, ágora para el romano y casinillo para el árabe… Desde su mirador podrá divisar toda la ciudad de Córdoba y, si el cielo está limpio, verá a los lejos las cumbres blancas de Sierra Nevada.

Nada más salir de la finca nos adentramos en la sierra pura y dura. Los caminos están enmarcados con olivos, encinas y pinos, la vegetación típica mediterránea junto con los alcornoques o los quejigos. Los castaños en Pinogordo empiezan a crecer junto a los madroños, como muestra de la fertilidad de esta tierra de una inimaginable riqueza.

Le sorprenderá comprobar cómo algunos de los senderos por los que transitan los caballos han sido obra del hombre. Nos referimos al “túnel” en la finca de las Ermitas, un verdadero reto a la naturaleza donde el hombre ha ganado la batalla a la sierra.

Empezamos a subir la sierra hasta unos trescientos metros de altitud, donde no se oye nada y cuesta encontrarse con alguien. Es un reducto de naturaleza en estado puro, el hábitat natural de muchos animales que viven lejos de las amenazas del progreso. Es el caso del lince, el águila real o el lobo, cuya presencia se ha detectado esporádicamente en las mesetas altas de las cuencas. Cualquiera de estas especies se desarrollan en áreas que se salen de los límites del Parque Natural.

Vestigios romanos

Córdoba es una ciudad en la que convivieron diferentes culturas. Y no sólo en la ciudad se conservan los testimonios del mestizaje como la mezquita o el puente romano.

Durante el itinerario de la ruta descubrirá algunos vestigios de los romanos como la Vía del Pretorio, una calzada romana que conectaba Córdoba con Mérida y enlazaba con la Ruta de la Plata hasta Galicia.

Esta misma calzada nos lleva hasta le bella vereda de los Piconeros, una travesía cargada de tradición e historia. Hasta hace cincuenta años, los piconeros cogían la madera del campo y la convertían en picón, un carbón pequeño. Era lo que se utilizaba en los braseros de los antiguos cortijos. La electricidad sustituyó a los piconeros, que dejaron de recoger la madera, amontonada ahora en las márgenes de los caminos.

Jaras, arroyos y ruiseñores

Las rutas por Sierra Morena llegan hasta distintos ríos y arroyos. Algunos se mantienen con agua durante todo el año y permiten a los ruiseñores entonar sus cantos durante el día y la noche. Al Guadiato, por ejemplo, (regulado por tres embalses: Sierra Bollera, Puente Nuevo y La Breña) después de cuarenta años, han vuelto las nutrias.

Pasamos el arroyo y llegamos a una zona impregnada por el olor de las jaras blancas que adornan el paisaje. La naturaleza de la sierra regala muestras de su grandeza al visitante. Sin duda el componente más representativo del paisaje andaluz, en general, y del cordobés, en particular, es el denominado monte mediterráneo. Los ejemplos saltan a la vista del jinete: los tonos verdosos de las encinas, los alcornoques o los olivos… el tupido manto de las jaras o los aromas embriagadores de las plantas aromáticas. El cuadro se completa con bellos alcornoques o quejigos. No faltan los pinares que constituyen vistosos paisajes naturales. Aún así, la repoblación en algunas zonas de Sierra Morena por las que pasamos a caballo nos permiten dudar de la certeza de su carácter autóctono.

Seguimos nuestro camino hasta el Parque Forestal de los Billares donde las extensiones de tierra verde se abren ante los ojos de los jinetes. Llega la hora de la ansiada parada para comer en el Campo de Tiro. Rafael, que regenta el bar junto con su mujer, nos deleita con un pollo al ajillo y deliciosas patatas fritas, regado todo ello con un vino tinto exclusivo.

La pereza es el peor consejero de los jinetes, y la sierra vuelve a convertirse en un reto, en una conquista a caballo.

Leyendas de la Sierra
Cuenta Adolfo Jiménez leyendas de la sierra que se transmiten de unos a otros. En el valle de la Alhondiguilla dicen que hay fantasmas: “Yo iba con mi caballo y al llegar a una casa que hay cerca de allí, las luces se encendieron… el animal empezó a pegar lanzadas. Las luces se encendían y se apagaban… Me entró un ataque de pánico…”.

Junto a esta historia, hay otras muchas de bandoleros que campearon por estos caminos en siglos anteriores. A caballo, todos esos recuerdos se tiñen de realidad.

El regreso se produce por bosques donde las formas de los árboles recuerdan, en parte, al “Jardín de las delicias” de El Bosco. Son parajes encantados, cargados de simbología, que alimentan la imaginación del jinete.

Cuando se baje del caballo, la Sierra Morena cordobesa le dejará una sensación melancólica. Añorará este refugio ideado para huir del ajetreo de las grandes ciudades.

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La conquista de las murallas

Escrito el 11 mayo , 2000 por Ningún Comentario

Conquistar Ávila a caballo es toda una aventura. Cincuenta kilómetros separan Navaluenga de la ciudad abulense: es el destino final de una travesía cargada de historia y naturaleza viva.
Hace quince años Ávila se llenaba de caballos una vez al año. Cien animales atravesaban las calles y subían hasta la muralla medieval que distingue a la ciudad desde el año 1099, fecha de su construcción final por encargo de Alfonso VI.

Cinco años después, la ciudad volvió a abrir sus puertas a otro grupo de jinetes que, desde La Isla, en Navaluenga, conquistaban la urbe rememorando los tiempos de Sancho Sánchez Zurraquín en el siglo XII.

Empezaba a dar sus primeros pasos lo que hoy es un programa turístico que se ha convertido en un reclamo en nuestro país y más allá de nuestras fronteras.

A las diez de la mañana la montaña empieza a ceder espacio y del vacío desconocido nace un sol que alimenta las ansias de los jinetes. Empieza el viaje. El mapa del guía tiene marcada la ruta. La escala marca 50 kilómetros en dirección norte. La meta, Ávila, sólo se dibuja en la imaginación del viajero.

A medida que el caballo avance por los largos caminos castellanos, la vista del jinete descifrará los primeros perfiles de la metrópoli.

El primer café

Los caballos se retrotan en los primeros kilómetros. El rocío de la mañana alegra el espíritu del animal que ignora la larga marcha que tendrá que soportar.

Navaluenga se empieza a desdibujar. Los jinetes van dejando atrás las estribaciones de la Sierra de Gredos donde en la época prerromana se asentaron sus primeros habitantes. La ruta es un viaje a caballo por estas tierras de Castilla que son la cuna de muchas culturas y muchas hazañas que se ganaron, precisamente, a caballo. Algún jinete se siente protagonista de la historia…

Los caballos entran al primer pueblo donde se realiza una parada para desayunar. Estamos en San Juan de la Nava: aguardan los cafés y los bollos calientes. Es el primer sustento de la mañana.

Apuramos los últimos sorbos de la taza y reiniciamos la marcha. Tomamos el camino del reventón. Este camino es popularmente conocido con este nombre por ser tan empinado que los bueyes que pasaban por allí, camino del mercado de Ávila, se quedaban, literalmente, reventados. Algún caballo puede rememorar estas remotas imágenes…

En este rincón del mapa los campos castellanos están poblados de robles, encinas y castaños. Los frutales son uno de los regalos que la naturaleza ha querido dejar en las zonas de media montaña. Marga, el alma femenina de La Isla, comenta que los mejores melocotones nacen aquí. “Es el fruto rey. Es tardío, de finales de agosto y primeros de septiembre, pero no tiene comparación con ningún otro”.

Cañadas reales

Cuando termina el camino del reventón, cruzamos la carretera y ya entramos en el cordel de ganado. Se trata de una de las muchas Cañadas Reales que cruzan España de Norte a Sur y de Este a Oeste.

Retomamos el camino hacia el puerto de la Paramera, a unos 1.400 metros de altitud. Si tenemos en cuenta que Ávila está a unos 1.127 metros de altitud (tiene la singularidad de ser la ciudad más elevada de España) podrá hacerse una idea del recorrido: cuesta arriba a la ida y cuesta abajo a la vuelta.

A medida que gana metros al mapa, podrá descubrir y reconocer a la vaca avileña, la “culpable” de los magníficos chuletones que han hecho fama en la región. Son negras, rústicas y comparten el placer de la libertad con muchos otros caballos que viven en estos campos.

Se acerca la hora de comer. Los caballos han recorrido cerca de 25 kilómetros y también necesitan mojarse la boca. Para saciar la sed se realizan varias paradas en fuentes de agua de manantial fresca. El estómago de algún jinete ruge por primera vez. A lo lejos se divisan los coches de la organización que transportan el ágape campero: filetes, tortillas, pimientos de la comarca y bebidas en abundancia. El campo de Fresneda acoge a los viajeros rurales que devoran los manjares en pocos minutos. El entorno invita a una siesta, pero hay que cumplir el compromiso: llegar a Ávila.

Triunfal entrada

Rodrigo, el guía, conoce las tierras al dedillo. No se le escapa ni una. “Mirad, un águila real…” La mirada torpe del turista de ciudad contempla la escena con un aturdimiento propio de la miopía que causa la luz artificial y los edificios de cuarenta pisos. “Por esta zona podemos ver buitres leonados y negros, milanos, garzas, patos… hay de todo”, señala. Estos viajes a caballo permiten mejorar eso que los oftalmólogos llaman campo de visión y que los profanos de la vida rural hemos perdido a costa de las eternas horas delante de la pantalla de un ordenador.

Pero sepa también que si le gusta la caza, en esta zona podrá practicar caza mayor de jabalí, zorro y lobo. Este último está provocando verdaderos desvelos en Navaluenga donde, entre otros animales, un potro murió devorado por un lobo que bajó hambriento de la sierra.

Proseguimos el camino hasta la ermita de Sonsoles, erigida en honor a la Virgen que lleva su nombre. Su existencia se atribuye una aparición que tuvo lugar ante unos campesinos en el mismo lugar donde se ha alzado la ermita. Cuenta la leyenda que los habitantes de Ávila le preguntaron a los hombres cómo era la Virgen.

Ellos sólo contestaron: “Sólo podemos decir que sus ojos son soles”. Curiosamente, una las campanas de la Catedral también recibió el nombre de María Sonsoles. Junto con a ella, Regueda, Gamarra, San Segundo, San Cristóbal, María Teresa y Platera, restaurada en 1964, forman las siete campanas de la Catedral que data del siglo XIV.

La ermita es el primer testimonio arquitectónico que encontramos a la entrada de Ávila. Sólo quedan cinco kilómetros para alcanzar la ciudad y los jinetes empiezan a sentir la emoción. Para algunos, créanme, entrar en Ávila a caballo es una promesa que repiten cada año. Uno de los jinetes, por ejemplo, comenta que necesita sentir los cascos de los caballos resonando en las calles empedradas que nos dirigen hasta la muralla.

Historia y memoria poética

Las murallas que todavía permanecen en algunas ciudades imprimen carácter. Son el eslabón perdido entre el pasado y el presente de la sociedad. Nada tiene que ver la Ávila del siglo XI con la del siglo XXI, pero la muralla, con su grandeza externa, entona el canto de la memoria.

Ahora está admirada como monumento arquitectónico, pero en su tiempo fue producto de la ingeniería militar. Con 2,5 kilómetros de extensión es el resto de fortificación medieval más remoto del país y el mejor conservado de toda Europa. Tiene cerca de doce metros de alto, un espesor que se aproxima a los tres metros, 88 torreones y 9 puertas. Está declarada Patrimonio Artístico de la Humanidad.

Junto a la muralla se encuentra la Iglesia de San Vicente que también podrá visitar a caballo. La le yenda también le ha dedicado un espacio a sus paredes donde cuentan que se esconde la herradura de un caballo que pataleó y dejó su huella en el yeso fresco de una sepultura que, dicen, fue para un obispo de la capital.

La historia, los recuerdos y esas leyendas que nunca se sabe si son ciertas, contagian al turista. Después de 50 kilómetros a lomos de un animal cada jinete puede hacer sentirse uno de aquellos caballeros abulenses que, enfrentados con los árabes, gritaron “Ávila, caballeros”. Cuentan que la victoria posterior fue el origen del sobrenombre de la ciudad: Ávila de los Caballeros.

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Evocaciones andaluzas

Escrito el 24 marzo , 2000 por Ningún Comentario

Al sur de la Bahía de Cádiz se escuchan los cascos de los caballos. Atardece y parece que el sol bosteza en el horizonte. Las playas, los pinares y los pueblos que atraviesa la ruta le permitirán descubrir la belleza de estas tierras del sur.
El Faro de la Isla de Sancti Petri ilumina el castillo del siglo XIII construido sobre el templo fenicio de Hércules. Los caballos salpican el agua. Sus huellas se diluyen con el primer barrido de las olas que no perdonan. Este mismo escenario inspiró al maestro gaditano Manuel de Falla (Cádiz 1876, Argentina 1946) para empezar su obra inacabada “Atlántida”, una de las joyas de la música española.

Chiclana de la Frontera, desde donde parte la ruta, es una ciudad de poco más de cincuenta mil habitantes. Es agrícola, marinera y muy hípica. En Novo Sancti Petri, se localiza la hípica del mismo nombre. Desde allí salimos hasta la playa de La Barrosa que, con ocho kilómetros de extensión, permite a los caballos expresarse con toda libertad. Sentirá cómo corta el aire en cada galope con las manos y los pies del caballo, a un tiempo en el aire. Son placeres que sólo podrá experimentar en los lomos de estos animales.

Los accesos a la playa transcurren por los pinares típicos de esta zona. El paisaje natural de Chiclana lo forman las playas, las marismas y esos pinares que, junto con las grandes superficies de alcornocales, invitan al viajero a emborracharse de una naturaleza viva. El clima ayuda. Es otra de las atracciones de este rincón sureño: la provincia de Cádiz vende 3.200 horas de sol por año.

Las lindezas de Chiclana poco tienen que envidiar a las de Conil que llegamos a caballo. Su situación, igualmente privilegiada, ofrece a los jinetes la oportunidad de disfrutar de un escenario de barcos y leyendas que se han ido escribiendo día a día, siglo a siglo. De hecho, romanos, árabes y cristianos han dejado sus legados marineros en esta villa situada cerca de la desembocadura del río Salgado. Desde el puerto de Conil podemos contemplar las playas, más de veinte, en las que se pueden practicar todo tipo de deportes. En la de Roche, por ejemplo, las olas son el principal atractivo para los surfistas.

Vejer enamora

Escribió José María Pemán que si Vejer de la Frontera fuera mujer, estaría enamorada de ella: “El aire pide un destino, y el viento grita ¡Vejer!”.

Hasta allí llegan los caballos en su segunda jornada de travesías entre campos, playas y tierras de labranza. Vejer es un pueblo que rezuma historia en sus calles y en los testimonios arquitectónicos que dejaron los árabes en sus conquistas. Los restos de esta civilización han quedado para historiadores y turistas y se manifiestan en todo el recinto amurallado que recorre el pueblo. Una muestra de ese legado es el castillo, antigua fortaleza árabe en el siglo XI o la Iglesia del Divino Pastor, donde se conjugan los estilos visigodo, árabes y cristianos. Todo el casco histórico fue declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1976.

Bekke en árabe, regalará al visitante la emoción de la historia real que un día se batalló en sus playas o se escribió en las paredes de sus monumentos. Con toda su riqueza arquitectónica, parece que Vejer, colgado del cielo, mira al mar donde se vertió tanta sangre en otros siglos. La batalla de Trafalgar, por ejemplo, se cobró centenares de vidas de soldados y de insignes almirantes como el británico Horatio Nelson, que murió a bordo del buque “Victory”.

El perfume de los pinos le acompañará durante todo el paseo, con los molinos de viento dibujados en el horizonte y en la superficie, las piñas se acomodan en el suelo esperando su recogida. En otras ocasiones, los hombres, pértiga en mano, sacuden los pinos y esperan la caída del fruto. La agricultura es la principal ocupación de Vejer, aunque el turismo empieza a rivalizar en beneficios. El descanso para los caballos se hace necesario. Se alojan en las cuadras del Palmar, mientras que los jinetes lo hacen en el Hostal la Posada, en el corazón de Vejer.

Huellas musulmanas

La ruta prosigue su itinerario en dirección al Cabo de Trafalgar, localizado en una de las playas con más encanto del término municipal de Barbate: Caños de Meca. La naturaleza viva se manifiesta en impresionantes cascadas de agua dulce o en el Pinar de la Breña, declarado Parque Natural por el que los caballos transitan fundiéndose con el entorno.

Una de las ciudades más admiradas por su recreación histórica es Medina Sidonia. La huella de los musulmanes salta a la vista del jinete que, pie a tierra, podrá pasear por sus estrechas y empinadas calles o visitar bellos testimonios de la cultura fenicia. De hecho fueron éstos los que fundaron la ciudad que alcanzó su máximo esplendor tras la invasión musulmana. La Iglesia de Santiago del siglo XVI, la de Santa María Coronada o el Arco de Belén de la época medieval son algunos de los monumentos de obligada visita.

La oferta gastronómica es otro de los placeres de Medina Sidonia. Los postres de origen árabe como los alfajores, las tortas pardas o los piñonates recrearán los paladares más exigentes. Si le sobra tiempo, no dude en desplazarse hasta la laguna de Medina, a unos 21 kilómetros de la ciudad. Allí podrá contemplar algunas especies de aves acuáticas como los flamencos o las avesfrías.

Comida campera

Tumbados entre las encinas con una tortilla campera y un bocadillo de jamón serrano, parece que hasta los caballos envidian al jinete. Es el último día de la ruta. El camino desde Medina a Chiclana transcurre por bellas cañadas que bordean las tierras de los señores andaluces. Los toros de lidia protegen las propiedades con su simple presencia vanidosa y altiva. Los relojes podrían pararse si no fuera porque la ruta tiene un itinerario obligado que hay que cumplir.

Para el jinete no será fácil olvidar el espectáculo de los caballos galopando por la playa o atravesando la espesura de un pinar. Chapotear en una orilla o comer en el suelo sin más ornamento que un mantel que cubre las malezas de la tierra le confirmarán, una vez más, que el sur de la bahía de Cádiz tiene escondites perfectos para aislarse de los malos humos.

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Sierra de Madrid, pulmón de la capital

Escrito el 17 marzo , 2000 por Ningún Comentario

Por una razón bastante lógica, la Sierra de Madrid se ha convertido en un exquisito reclamo
para los miles de visitantes que pueden encontrar un rincón de paz y tranquilidad en un marco incomparable de naturaleza viva.


Las brumas matutinas o el sol de media tarde hacen de la Pedriza y del magnífico Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, una zona camaleónica donde los colores varían su intensidad según la hora del día que el visitante descubra su encanto.

En esta zona de proliferación de picaderos, se sitúa el Club Cinco Herraduras. Desde el año de su fundación, en 1973 por Carlos García Sicilia, la ambición y el rigor en aspectos tan necesarios como la higiene o el servicio a sus clientes, han sido su sello de distinción. De hecho, el nombre del Club es producto del sueño de su fundador: “Yo quiero hacer un hotel de cinco estrellas para mis caballos”. Y así, cambió las estrellas de los hoteles por sus particulares cinco herraduras. Por ahora, el sueño de García Sicilia no ha defraudado.

Pedriza enigmática

Nuestra ruta transcurre por la bella Pedriza, pieza fundamental del Parque Regional de la Cuenca Alta de Manzanres creado en 1985 por la Comunidad Autónoma de Madrid y declarado por la UNESCO Reserva de la Biosfera. La Pedriza ha sido el orgullo natural de los madrileños desde que en 1930 se considerara paraje natural de interés nacional.

La mejor forma de adentrarse en este precioso espacio natural es a lomos de un caballo. Enigmática y provocativa, la Pedriza se alza en el horizonte cobijando los pueblos que se dibujan en las laderas de las montañas como insignificantes detalles de un cuadro de naturaleza real. Se divisa El Yelmo, el pico más característico de esta zona serrana.

Vamos subiendo por los caminos empedrados y a nuestro lado encontramos enormes montañas de piedra moldeadas al antojo de la erosión y que inunda la vista del jinete. Jaras, retamas, brezos, zarzas, pinos resinosos y árboles exóticos embellecen el paisaje.

Ganado bravo y verdes praderas

Los caballos son un elemento más del Parque. Se funden en los caminos y contribuyen a la riqueza de esta zona plagada de búhos, águilas reales y halcones, entre otras aves.

Pero éstos no son los únicos animales. Los lugareños cuentan que los jabalíes y las cabras se alojan salvajes en los escondites que les proporcionan las rocas.

Los toros, las vacas y sus terneros descansan en unas fincas de verde terciopelo que se extiende a lo largo y ancho de los lindes.

Descansan y observan con una envidiable parsimonia el galope de los caballos que recorre las vallas de piedra que limita la propiedad de cada hombre.

Las chimeneas expulsan su humo a bocanadas consumiendo la leña en cada exhalación. Este detalle es uno más de los que inmortaliza la retina.

Pueblos con historia

Después de subir y bajar empinadas cuestas de arena y de chapotear en los ríos de aguas critalinas y grumos de musgo, llegamos hasta El Boalo, uno de los pueblos de la Comarca Alta que cuenta con 2.400 habitantes.

Desde allí cruzamos la carretera general y nos adentramos en los campos desde los que se divisa Manzanares El Real, el pueblo emblemático del norte de la Sierra.

Manzanares tiene sobre sus espaldas una historia de más de siete siglos. Fue fundado en 1247 por ganaderos de la provincia de Segovia.

Los enfrentamientos que surgieron entre madrileños y segovianos hicieron que Alfonso X incorporara esas tierras a la corona y las denominara “El Real de Manzanares”.

Pero los orígenes de este pueblo datan de las centurias de la prehistoria y así lo certifican los restos arqueológicos encontrados en los poblados.

En el corazón del pueblo se encuentra el Castillo, un monumento de indudable interés. Destacan también los restos de una ermita románicomudejar. El magnífico río de Manzanares El Real ha servido de inspiración para escritores como Benito Pérez galdós que lo calificó de “generoso y humilde” y que, en palabras de Tirso de Molina, tiene “vacaciones en verano y sólo curso en invierno”.

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